Empezamos en una cocina de Caracas. Probando, midiendo, fallando y volviendo a empezar. Nos gustaba el maíz. Nos gustaba ese primer pop que anuncia que algo va bien. Pero nos aburría la idea de que la cotufa fuera siempre la misma: un acompañante de la película, un snack predecible.
Queríamos el momento contrario — ese en el que alguien abre la bolsa, prueba, se detiene un segundo y dice “¿qué es esto?”. La cara de Alicia asomándose al hoyo del conejo. Un sabor que te obligue a buscar a quien tengas al lado para compartirlo, porque el asombro se arruina si te lo guardas.
Cada lote sale de un caldero, no de una línea industrial. Elegimos el maíz con criterio, tostamos en tandas pequeñas y cubrimos sabor por sabor con ingredientes que reconoceríamos en nuestra propia alacena: caramelo de azúcar morena, canela de verdad, Oreo molido a mano, chocolate 55%, cheddar fuerte, sal y un toque de mantequilla.
La cotufa entra caliente a la bolsa doypack. Nada de almacenes largos. Nada de conservantes que estiren la vida útil a costa del sabor. Si abrimos pedidos un jueves, es porque hay algo que salió de la paila esa semana. Es más trabajo — y también la única manera de que el primer Cookies & Cream sepa igual al último del paquete.

Hoy somos una marca pequeña en una ciudad que sabe distinguir lo bien hecho. Mañana queremos estar en más esquinas de Caracas, después en más ciudades del país, y eventualmente — si el maíz nos acompaña — más allá. Mientras tanto, seguimos en lo mismo: inventar sabores nuevos, cuidar los que ya nos enamoraron y meter un poco de wonder en cada bolsa.
Si llegaste hasta aquí, probablemente seas de los nuestros.
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